Dilatar, poner trabas y esperar hasta que la mano cambie. Esa parece ser la consigna del Grupo Clarín, quien una vez más se vio beneficiado con el fallo de uno de los tantos jueces amigos que se encuentran desperdigados por el territorio nacional.
En este caso se trata de una medida cautelar presentada por el Juez Federal de Dolores, Adolfo Harisgarat, que ordena la suspensión de la Resolución 296, la cual establece un reordenamiento más democrático de la grilla de canales de TV por cable y la inclusión de tres nuevas señales (dos de noticias y una infantil). Vale aclarar que la Resolución no hace más que poner en vigencia el artículo 65 de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, aprobada por el Congreso en octubre de 2009. El fallo mencionado, podría entenderse entonces como un avance sobre la labor del Poder Legislativo y en consecuencia, el cuestionamiento de una decisión con amplio apoyo popular.
Los argumentos esgrimidos por el Juez y acompañados por los medios hegemónicos, rondan en lo mismo de siempre. Afirman que la medida afecta "el derecho de libertad de expresión y de prensa; de propiedad, libre iniciativa, de ejercer industria lícita, de comerciar, de contratación y libertad comercial". Figuritas repetidas que, no obstante, merecen un llamado de atención debido a lo explícita que aparece la imbricación entre las ideas de libertad de expresión y de libre mercado. Es cierto que esto tiene lógica, entendiendo a los medios de comunicación privados como empresas con fines de lucro, pero entonces ¿cuál sería la necesidad de estos de escudarse permanentemente en la idea de libertad de expresión? ¿Por qué no pueden decir que el derecho que los ampara es el de la libertad comercial?
Como venimos reiterando en este espacio, el objetivo de todas estas medidas es dilatar la democratización de los medios de comunicación y la consecución de una mayor pluralidad e inclusión en los mismos.
Veremos qué sucede con la grilla a partir de este viernes 1º de octubre, día en que comenzaría a regir la Resolución 296.
Juan Manuel Judez
28 de septiembre de 2010
17 de septiembre de 2010
Ladrillitos
“Esa pintada debe tener más de treinta años”, dice, risueño, Don Víctor, un vecino del barrio de Floresta que supera los 70. Socialista, “de Alfredo Palacios”, como le gusta decir. “Es que están haciendo el frente de nuevo. Sacaron los ladrillitos y apareció esto”.
La casa a la que se refiere Don Víctor se encuentra en la esquina de César Díaz y Sanabria. Por un tiempo, no sabemos cuánto, se habrá convertido en un monumento histórico. Un documento. Una huella del pasado que dice presente. Una pared que no sólo escucha, sino que habla: “Cámpora Presidente. Perón al Poder.” Y a ambos lados, la clásica sigla de la Juventud Peronista.
Extraño: quienes pasan, no miran. Quienes miran, no leen. Quienes leen, ignoran. ¿Es que acaso no les despierta al menos un poco de curiosidad? ¿No es esta pintada una parte de la historia que tanto nos contaron a los que no la vivimos? ¿No es ésta la historia que leímos y contemplamos a través de fotos y documentales?
El calendario marca 16 de septiembre. Aniversario del Golpe del ’55, la autodenominada “Revolución Libertadora”, cuyo odio al peronismo se tradujo en la proscripción de Perón y en la ridícula prohibición de su nombre y de todo aquello que hiciera referencia a él. Precisamente en el mismo día en que se recuerda aquel proyecto de “desperonizar” a la sociedad, se des-cubre una pintada que pone en evidencia la ineficacia de tal empresa. Una pintada que resiste frente a tanta intolerancia y se le ríe en la cara a los gorilas de ayer y de hoy.
Pero el 16 de septiembre también se produjo –desagradable coincidencia histórica– la nefasta “Noche de los lápices”, suceso apenas posterior al momento en que los jóvenes escribían “Cámpora Presidente”. Todos pertenecían a la misma generación: los jóvenes secuestrados en aquella espantosa noche y los autores de la pintada. Ambos levantaban las mismas banderas. Ambos luchaban por un mismo sueño.
Parece un mensaje. Un llamado de atención para aquellos que por ignorancia o por convicción siguen pregonando la “teoría de los dos demonios” o dicen que ya es necesario dejar de mirar hacia atrás. O quizás sea una respuesta para quienes por necedad opositora, manifiestan estar “hartos de escuchar hablar de los ’70.” Como si pudiera olvidarse con facilidad. Como si debiera olvidarse. Como si pudiera taparse todo con ladrillitos.
Juan Manuel Judez
"Aún caminan conmigo" (Teresa Parodi)
10 de septiembre de 2010
Cuenta regresiva
En el día de ayer comenzó a correr el plazo de un año para que los empresarios que poseen más licencias de lo permitido por la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, puedan desprenderse de las mismas. La Resolución fue publicada en el Boletín Oficial con el número 297 y refiere al plazo de desinversión prevista en el artículo 161 de la mencionada ley.Como es costumbre, Clarín y La Nación salieron una vez más al cruce del Gobierno haciendo lo que mejor les sale: tergiversar, desinformar y mentir descaradamente. El argumento más reiterado en las notas que abordaron la cuestión sostiene que la resolución se contrapone a las medidas cautelares que suspenden algunos artículos de la ley.
Adrián Ventura, por ejemplo, escribió en La Nación: “A pesar de que cuatro fallos judiciales paralizaron la aplicación total o parcial de la ley 26.522 […] el Gobierno redobló la apuesta contra los medios.” Casi con las mismas palabras, Alejandro Alfie publicó en Clarín que “pese a las medidas judiciales que suspenden la ley de medios”, la Autoridad de Aplicación dictó la resolución 297. Para nada llamativa la coincidencia, teniendo en cuenta que ambos grupos mediáticos operan corporativamente desde hace tiempo.
Gabriel Mariotto, titular de la Autoridad Federal de Servicios de Comunicación Audiovisual (AFSCA), no tardó en responder que “la ley es absolutamente aplicable”, amparado en el reciente fallo de la Corte Suprema en el cual se afirma que “la medida cautelar que impedía la aplicación de la ley carece de razonabilidad” (ver “Thomatelá!” y “Avanza la ley de Servicios…”, notas publicadas en junio en este blog).
Pero Ventura fue más allá. Utilizando un razonamiento apocalíptico al mejor estilo Elisa Carrió, sostuvo que para las elecciones de 2011, “el Gobierno sueña con haber debilitado a los medios, para obligarlos a negociar a cambio de no perecer o, directamente, para transformarlos en medios amigos.”
En suma, con éste y otros argumentos los medios hegemónicos intentan no sólo seguir desprestigiando y desgastando al Gobierno, sino dilatar el inevitable avance hacia un sistema de medios más plural y democrático que ya se divisa en el horizonte.
8 de septiembre de 2010
Cría cuervos y te sacarán los ojos
Toda vez que existe una interrupción de servicio en un medio de transporte por un asunto gremial, o un corte de calle o movilización por algún conflicto, los medios de comunicación realizan el siguiente razonamiento: “de un lado están unos, del otro, otros y en el medio, la gente: usted y nosotros”. Se trata de una suerte de trabalenguas que los consumidores de estos medios aprendieron a la perfección, a tal punto que ya ni siquiera hace falta que los cronistas lo mencionen en las notas radiales o televisivas: en los días en que se producen paros, cortes o eventos similares, los reporteros entrevistan a “los únicos perjudicados por el conflicto” y estos, cual buenos alumnos, repiten la lección como un versito.
Paradójicamente, en “el país del piquete” todo parece marchar sobre ruedas: el Poder sigue siendo Poder, sin fisuras ni sobresaltos. Soberbio, arrogante. No hay espacio para desvíos de ningún tipo, ni lugar para un pensamiento alternativo. Nadie se pregunta por las causas ni la historia de los conflictos. ¿Para qué pensar si otro lo puede hacer por mí?
Sin embargo, existen momentos en que surge lo inesperado y en que lo previsible queda en suspenso.
Con el anuncio del Ministro Julio De Vido, acerca de la caducidad de la licencia a Cablevisión para prestar servicio de Internet a través de Fibertel, el Grupo Clarín cayó en su propia trampa: los usuarios de este proveedor se declararon “únicos perjudicados por el conflicto entre el Gobierno y Clarín” y se manifestaron muy disconformes con la situación.
En vano fueron los intentos del multimedio por reconquistarlos. Primero a través de spots televisivos y radiales y de llamados telefónicos a los clientes, que irresponsablemente llamaban a desobedecer la medida del Gobierno e intentaban transmitir tranquilidad a los usuarios. Justo ahora, cuando todos sabemos que Clarín está más nervioso que nunca.
Luego fue el momento del llamado a todos los “ciudadanos comunes” y “usuarios autoconvocados” a que se manifestaran en la mismísima Plaza de Mayo “espontánea y pacíficamente” y, por supuesto, “sin banderías políticas”, en defensa de la empresa que les prestó servicio ilegalmente durante todo este tiempo. Un fracaso rotundo: apenas un puñado de individuos se hizo presente, pese a que dos días antes, Clarín titulaba “Crecen las muestras de apoyo en las redes sociales” y que se aseguraba que el grupo “No al cierre de Fibertel” contaba con más de 80 mil seguidores en Facebook.
Por último, se intentó convencer a las ONG de consumidores para que rechazaran la medida del Gobierno, pero sólo 3 de las 19 entidades respondieron afirmativamente.
A veces no todo es tan lineal. Lo previsible era que los usuarios de Fibertel se manifestaran abiertamente en favor de la empresa, pero no fue así. Apenas un 7% lo hizo en la web y muy pocos, poquísimos, en Plaza de Mayo.
¿Significa esto la desaparición de los medios hegemónicos? ¿Se trata acaso del fin del Grupo Clarín? Por supuesto que no. Quizá sólo sea algo así como una risa en la tristeza. Pero en este caso, una risa socarrona: la del cliente, que “siempre tiene razón”.
Juan Manuel Judez
Paradójicamente, en “el país del piquete” todo parece marchar sobre ruedas: el Poder sigue siendo Poder, sin fisuras ni sobresaltos. Soberbio, arrogante. No hay espacio para desvíos de ningún tipo, ni lugar para un pensamiento alternativo. Nadie se pregunta por las causas ni la historia de los conflictos. ¿Para qué pensar si otro lo puede hacer por mí?
Sin embargo, existen momentos en que surge lo inesperado y en que lo previsible queda en suspenso.
Con el anuncio del Ministro Julio De Vido, acerca de la caducidad de la licencia a Cablevisión para prestar servicio de Internet a través de Fibertel, el Grupo Clarín cayó en su propia trampa: los usuarios de este proveedor se declararon “únicos perjudicados por el conflicto entre el Gobierno y Clarín” y se manifestaron muy disconformes con la situación.
En vano fueron los intentos del multimedio por reconquistarlos. Primero a través de spots televisivos y radiales y de llamados telefónicos a los clientes, que irresponsablemente llamaban a desobedecer la medida del Gobierno e intentaban transmitir tranquilidad a los usuarios. Justo ahora, cuando todos sabemos que Clarín está más nervioso que nunca.
Luego fue el momento del llamado a todos los “ciudadanos comunes” y “usuarios autoconvocados” a que se manifestaran en la mismísima Plaza de Mayo “espontánea y pacíficamente” y, por supuesto, “sin banderías políticas”, en defensa de la empresa que les prestó servicio ilegalmente durante todo este tiempo. Un fracaso rotundo: apenas un puñado de individuos se hizo presente, pese a que dos días antes, Clarín titulaba “Crecen las muestras de apoyo en las redes sociales” y que se aseguraba que el grupo “No al cierre de Fibertel” contaba con más de 80 mil seguidores en Facebook.
Por último, se intentó convencer a las ONG de consumidores para que rechazaran la medida del Gobierno, pero sólo 3 de las 19 entidades respondieron afirmativamente.
A veces no todo es tan lineal. Lo previsible era que los usuarios de Fibertel se manifestaran abiertamente en favor de la empresa, pero no fue así. Apenas un 7% lo hizo en la web y muy pocos, poquísimos, en Plaza de Mayo.
¿Significa esto la desaparición de los medios hegemónicos? ¿Se trata acaso del fin del Grupo Clarín? Por supuesto que no. Quizá sólo sea algo así como una risa en la tristeza. Pero en este caso, una risa socarrona: la del cliente, que “siempre tiene razón”.Juan Manuel Judez
2 de agosto de 2010
Feliz día al Hijo de puta de Videla
Jorge Rafael Videla nació el 2 de agosto de 1925, gobernó el país a sangre y fuego desde el 24 de marzo de 1976 hasta 1981. La iniciativa surgió de la revista Barcelona: hoy, 2 de agosto, se conmemora el día del Hijo de Puta y está bien. Porque hijos de puta hubo muchos en nuestro país, pero como Videla casi ninguno.
Por este motivo, las fotos que acompañan esta pequeña semblanza de un verdadero HIJO DE PUTA. Por los 30 mil compañeros detenidos desparecidos PRESENTES!
26 de julio de 2010
Por siempre Evita
No queremos hacer una semblaza extensa y cansadora de su biografía política y personal. Sólo queremos rendirle nuestro homenaje convencidos que sin ella en la política nacional, otra hubiera sido la historia. No se trató de una "negrita cualquiera" que se encamó con Perón para llegar al poder; no se trató de una mujer sin escrúpulos para alcanzar sus objetivos personales; no se trató solamente de la "abandera de los humildes", ni tampoco de la "Jefa Espiritual del Movimiento Obrero". Eva Duarte fue mucho más que eso. Eva se convirtió en la mujer más relevante que ha tenido la política argentina en los últimos 60 años.Eva renunció a los honores pero no a la lucha. Eva fue "Esa mujer" que cautivo a Rodolfo Walsh, el hombre nacido en Choele Choel (Río Negro) y que se fue convirtiendo en agudo militante de la causa nacional y popular. Tal vez no haya mejor relato que el de Walsh para rendirle nuestro homenaje a Evita.
ESA MUJER
El coronel elogia mi puntualidad.
Es puntual como los alemanes, dice. O como los ingleses.
El coronel tiene apellido alemán. Es un hombre corpulento, canoso, de cara ancha, tostada.
He leído sus cosas, propone. Lo felicito.
Mientras sirve dos grandes vasos de whisky, me va informando, casualmente, que tiene veinte años de servicios de informaciones, que ha estudiado filosofía y letras, que es un curioso del arte. No subraya nada, simplemente deja establecido el terreno en que podemos operar, una zona vagamente común.
Desde el gran ventanal del décimo piso se ve la ciudad en el atardecer, las luces pálidas del río. Desde aquí es fácil amar, siquiera momentáneamente, a Buenos Aires. Pero no es ninguna forma concebible de amor lo que nos ha reunido.
El coronel busca unos nombres, unos papeles que acaso yo tenga. Yo busco una muerta, un lugar en el mapa. Aún no es una búsqueda, es apenas una fantasía: la clase de fantasía perversa que algunos sospechan que podría ocurrírseme.
Algún día (pienso en momentos de ira) iré a buscarla. Ella no significa nada para mí, y sin embargo iré tras el misterio de su muerte, detrás de sus restos que se pudren lentamente en algún remoto cementerio. Si la encuentro, frescas altas olas de cólera, miedo y frustrado amor se alzarán, poderosas vengativas olas, y por un momento ya no me sentiré solo, ya no me sentiré como una arrastrada, amarga, olvidada sombra.
El coronel sabe dónde está. Se mueve con facilidad en el piso de muebles ampulosos, ornado de marfiles y de bronces, de platos de Meissen y Cantón. Sonrío ante el Jongkind falso, el Fígari dudoso. Pienso en la cara que pondría si le dijera quién fabrica los Jongkind, pero en cambio elogio su whisky.
Él bebe con vigor, con salud, con entusiasmo, con alegría, con superioridad, con desprecio. Su cara cambia y cambia, mientras sus manos gordas hacen girar el vaso lentamente.
Esos papeles, dice.
Lo miro.
Esa mujer, coronel.
Sonríe.
Todo se encadena, filosofa.
A un potiche de porcelana de Viena le falta una esquirla en la base. Una lámpara de cristal está rajada. El coronel, con los ojos brumosos y sonriendo, habla de la bomba.
¿Mucho daño? pregunto. Me importa un carajo.
Bastante. Mi hija. La he puesto en manos de un psiquiatra. Tiene doce años dice.
El coronel bebe, con ira, con tristeza, con miedo, con remordimiento. Entra su mujer, con dos pocillos de café.
Contale vos, Negra.
Ella se va sin contestar; una mujer alta, orgullosa, con un rictus de neurosis. Su desdén queda flotando como una nubecita.
La pobre quedó muy afectada explica el coronel. Pero a usted no le importa esto.
¡Cómo no me va a importar!... Oí decir que al capitán N y al mayor X también les ocurrió alguna desgracia después de aquello.
El coronel se ríe.
La fantasía popular -dice-. Vea cómo trabaja. Pero en el fondo no inventan nada. No hacen más que repetir.
Enciende un Marlboro, deja el paquete a mi alcance sobre la mesa.
-Cuénteme cualquier chiste -dice.
Pienso. No se me ocurre.
Cuénteme cualquier chiste político, el que quiera, y yo le demostraré que estaba inventado hace veinte años, cincuenta años, un siglo. Que se usó tras la derrota de Sedán, o a propósito de Hindenburg, de Dollfuss, de Badoglio.
-¿Y esto?
La tumba de Tutankamón -dice el coronel-. Lord Carnavon. Basura.
El coronel se seca la transpiración con la mano gorda y velluda.
-Pero el mayor X tuvo un accidente, mató a su mujer.
¿Qué más? dice, haciendo tintinear el hielo en el vaso.
-Le pegó un tiro una madrugada.
La confundió con un ladrón sonríe el coronel . Esas cosas ocurren.
Pero el capitán N. . .
Tuvo un choque de automóvil, que lo tiene cualquiera, y más él, que no ve un caballo ensillado cuando se pone en pedo.
¿Y usted, coronel?
Lo mío es distinto dice. Me la tienen jurada.
Se para, da una vuelta alrededor de la mesa.
Creen que yo tengo la culpa. Esos roñosos no saben lo que yo hice por ellos. Pero algún día se va a escribir la historia. A lo mejor la va a escribir usted.
Me gustaría.
Y yo voy a quedar limpio, yo voy a quedar bien. No es que me importe quedar bien con esos roñosos, pero sí ante la historia, ¿comprende?
Ojalá dependa de mí, coronel.
Anduvieron rondando. Una noche, uno se animó. Dejó la bomba en el palier y salió corriendo.
Mete la mano en una vitrina, saca una figurita de porcelana policromada, una pastora con un cesto de flores.
-Mire.
A la pastora le falta un bracito.
Derby -dice. Doscientos años.
La pastora se pierde entre sus dedos repentinamente tiernos. El coronel tiene una mueca de fierro en la cara nocturna, dolorida.
¿Por qué creen que usted tiene la culpa?
Porque yo la saqué de donde estaba, eso es cierto, y la llevé donde está ahora, eso también es cierto. Pero ellos no saben lo que querían hacer, esos roñosos no saben nada, y no saben que fui yo quien lo impidió.
El coronel bebe, con ardor, con orgullo, con fiereza, con elocuencia, con método.
-Porque yo he estudiado historia. Puedo ver las cosas con perspectiva histórica. Yo he leído a Hegel.
¿Qué querían hacer?
Fondearla en el río, tirarla de un avión, quemarla y arrojar los restos por el inodoro, diluirla en ácido. ¡Cuanta basura tiene que oír uno! Este país está cubierto de basura, uno no sabe de dónde sale tanta basura, pero estamos todos hasta el cogote.
Todos, coronel. Porque en el fondo estamos de acuerdo, ¿no? Ha llegado la hora de destruir. Habría que romper todo.
-Y orinarle encima.
Pero sin remordimientos, coronel. Enarbolando alegremente la bomba y la picana. ¡Salud! -digo levantando el vaso.
No contesta. Estamos sentados junto al ventanal. Las luces del puerto brillan azul mercurio. De a ratos se oyen las bocinas de los automóviles, arrastrándose lejanas como las voces de un sueño. El coronel es apenas la mancha gris de su cara sobre la mancha blanca de su camisa.
Esa mujer le oigo murmurar. Estaba desnuda en el ataúd y parecía una virgen. La piel se le había vuelto transparente. Se veían las metástasis del cáncer, como esos dibujitos que uno hace en una ventanilla mojada.
El coronel bebe. Es duro.
Desnuda dice. Éramos cuatro o cinco y no queríamos mirarnos. Estaba ese capitán de navío, y el gallego que la embalsamó, y no me acuerdo quién más. Y cuando la sacamos del ataúd -el coronel se pasa la mano por la frente, cuando la sacamos, ese gallego asqueroso...
Oscurece por grados, como en un teatro. La cara del coronel es casi invisible. Sólo el whisky brilla en su vaso, como un fuego que se apaga despacio. Por la puerta abierta del departamento llegan remotos ruidos. La puerta del ascensor se ha cerrado en la planta baja, se ha abierto más cerca. El enorme edificio cuchichea, respira, gorgotea con sus cañerías, sus incineradores, sus cocinas, sus chicos, sus televisores, sus sirvientas, Y ahora el coronel se ha parado, empuña una metralleta que no le vi sacar de ninguna parte, y en puntas de pie camina hacia el palier, enciende la luz de golpe, mira el ascético, geométrico, irónico vacío del palier, del ascensor, de la escalera, donde no hay absolutamente nadie y regresa despacio, arrastrando la metralleta.
Me pareció oír. Esos roñosos no me van a agarrar descuidado, como la vez pasada.
Se sienta, más cerca del ventanal ahora. La metralleta ha desaparecido y el coronel divaga nuevamente sobre aquella gran escena de su vida.
...se le tiró encima, ese gallego asqueroso. Estaba enamorado del cadáver, la tocaba, le manoseaba los pezones. Le di una trompada, mire -el coronel se mira los nudillos, que lo tiré contra la pared. Está todo podrido, no respetan ni a la muerte. ¿Le molesta la oscuridad?
No.
Mejor. Desde aquí puedo ver la calle. Y pensar. Pienso siempre. En la oscuridad se piensa mejor.
Vuelve a servirse un whisky.
Pero esa mujer estaba desnuda -dice, argumenta contra un invisible contradictor-. Tuve que taparle el monte de Venus, le puse una mortaja y el cinturón franciscano.
Bruscamente se ríe.
Tuve que pagar la mortaja de mi bolsillo. Mil cuatrocientos pesos. Eso le demuestra, ¿eh? Eso le demuestra.
Repite varias veces "Eso le demuestra", como un juguete mecánico, sin decir qué es lo que eso me demuestra.
-Tuve que buscar ayuda para cambiarla de ataúd. Llamé a unos obreros que había por ahí. Figúrese como se quedaron. Para ellos era una diosa, qué sé yo las cosas que les meten en la cabeza, pobre gente.
¿Pobre gente?
Sí, pobre gente. El coronel lucha contra una escurridiza cólera interior. Yo también soy argentino.
Yo también, coronel, yo también. Somos todos argentinos.
Ah, bueno dice.
¿La vieron así?
Sí, ya le dije que esa mujer estaba desnuda. Una diosa, y desnuda, y muerta. Con toda la muerte al aire, ¿sabe? Con todo, con todo...
La voz del coronel se pierde en una perspectiva surrealista, esa frasecita cada vez más rémova encuadrada en sus líneas de fuga, y el descenso de la voz manteniendo una divina proporción o qué. Yo también me sirvo un whisky.
Para mí no es nada -dice el coronel. Yo estoy acostumbrado a ver mujeres desnudas. Muchas en mi vida. Y hombres muertos. Muchos en Polonia, el 39. Yo era agregado militar, dése cuenta.
Quiero darme cuenta, sumo mujeres desnudas más hombres muertos, pero el resultado no me da, no me da, no me da... Con un solo movimiento muscular me pongo sobrio, como un perro que se sacude el agua.
A mí no me podía sorprender. Pero ellos...
¿Se impresionaron?
Uno se desmayó. Lo desperté a bofetadas. Le dije: "Maricón, ¿ésto es lo que hacés cuando tenés que enterrar a tu reina? Acordate de San Pedro, que se durmió cuando lo mataban a Cristo." Después me agradeció.
Miro la calle. "Coca" dice el letrero, plata sobre rojo. "Cola" dice el letrero, plata sobre rojo. La pupila inmensa crece, círculo rojo tras concéntrico círculo rojo, invadiendo la noche, la ciudad, el mundo. "Beba".
Bebo.
¿Me escucha?
-Lo escucho.
Le cortamos un dedo.
¿Era necesario?
El coronel es de plata, ahora. Se mira la punta del índice, la demarca con la uña del pulgar y la alza.
Tantito así. Para identificarla.
-¿No sabían quién era?
Se ríe. La mano se vuelve roja. "Beba".
Sabíamos, sí. Las cosas tienen que ser legales. Era un acto histórico, ¿comprende?
Comprendo.
-La impresión digital no agarra si el dedo está muerto. Hay que hidratarlo. Más tarde se lo pegamos.
¿Y?
Era ella. Esa mujer era ella.
¿Muy cambiada?
No, no, usted no me entiende. lgualita. Parecía que iba a hablar, que iba a... Lo del dedo es para que todo fuera legal. El profesor R. controló todo, hasta le sacó radiografías.
¿El profesor R.?
-Sí. Eso no lo podía hacer cualquiera. Hacía falta alguien con autoridad científica, moral.
En algún lugar de la casa suena, remota, entrecortada, una campanilla. No veo entrar a la mujer del coronel, pero de pronto esta ahí, su voz amarga, inconquistable.
¿Enciendo?
No.
Teléfono.
Deciles que no estoy.
Desaparece.
Es para putearme explica el coronel-. Me llaman a cualquier hora. A las tres de la madrugada, a las cinco.
-Ganas de joder digo alegremente.
Cambié tres veces el número del teléfono. Pero siempre lo averiguan.
¿Qué le dicen?
Que a mi hija le agarre la polio. Que me van a cortar los huevos. Basura.
Oigo el hielo en el vaso, como un cencerro lejano.
Hice una ceremonia, los arengué. Yo respeto las ideas, les dije. Esa mujer hizo mucho por ustedes. Yo la voy a enterrar como cristiana. Pero tienen que ayudarme.
El coronel está de pie y bebe con coraje, con exasperación, con grandes y altas ideas que refluyen sobre él como grandes y altas olas contra un peñasco y lo dejan intocado y seco, recortado y negro, rojo y plata.
La sacamos en un furgón, la tuve en Viamonte, después en 25 de Mayo, siempre cuidándola, protegiéndola, escondiéndola. Me la querían quitar, hacer algo con ella. La tapé con una lona, estaba en mi despacho, sobre un armario, muy alto. Cuando me preguntaban qué era, les decía que era el transmisor de Córdoba, la Voz de la Libertad.
Ya no sé dónde está el coronel. El reflejo plateado lo busca, la pupila roja. Tal vez ha salido. Tal vez ambula entre los muebles. El edificio huele vagamente a sopa en la cocina, colonia en el baño, pañales en la cuna, remedios, cigarrillos, vida, muerte.
-Llueve -dice su voz extraña.
Miro el cielo: el perro Sirio, el cazador Orión.
Llueve día por medio dice el coronel-. Día por medio llueve en un jardín donde todo se pudre, las rosas, el pino, el cinturón franciscano.
Dónde, pienso, dónde.
¡Está parada! -grita el coronel. ¡La enterré parada, como Facundo, porque era un macho!
Entonces lo veo, en la otra punta de la mesa. Y por un momento, cuando el resplandor cárdeno lo baña, creo que llora, que gruesas lágrimas le resbalan por la cara.
No me haga caso -dice, se sienta. Estoy borracho.
Y largamente llueve en su memoria.
Me paro, le toco el hombro.
¿Eh? -dice ¿Eh? -dice.
Y me mira con desconfianza, como un ebrio que se despierta en un tren desconocido.
-¿La sacaron del país?
-Sí.
¿La sacó usted?
Sí.
-¿Cuántas personas saben?
DOS.
¿El Viejo sabe?
Se ríe.
-Cree que sabe.
¿Dónde?
No contesta.
Hay que escribirlo, publicarlo.
Sí. Algún día.
Parece cansado, remoto.
¡Ahora! me exaspero. ¿No le preocupa la historia? ¡Yo escribo la historia, y usted queda bien, bien para siempre, coronel!
La lengua se le pega al paladar, a los dientes.
-Cuando llegue el momento... usted será el primero...
No, ya mismo. Piense. Paris Match. Life. Cinco mil dólares. Diez mil. Lo que quiera.
Se ríe.
¿Dónde, coronel, dónde?
Se para despacio, no me conoce. Tal vez va a preguntarme quién soy, qué hago ahí.
Y mientras salgo derrotado, pensando que tendré que volver, o que no volveré nunca. Mientras mi dedo índice inicia ya ese infatigable itinerario por los mapas, uniendo isoyetas, probabilidades, complicidades. Mientras sé que ya no me interesa, y que justamente no moveré un dedo, ni siquiera en un mapa, la voz del coronel me alcanza como una revelación.Es mía -dice simplemente. Esa mujer es mía.
26 de junio de 2010
Thomatelá!
El pasado martes 15 de junio la Corte Suprema emitió un fallo a favor de la Ley 26.522 de Servicios de Comunicación Audiovisual. De esta manera, su aplicación está cada vez más cerca. El dictamen rechazó la medida cautelar presentada por el diputado del Peronismo Federal, Enrique Thomas, argumentando entre otras cosas que "no tiene legitimación para reeditar en sede judicial un debate que perdió en el Congreso".
Sin embargo, para los principales medios la noticia no fue que el fallo de la Corte contribuye a destrabar la entrada en vigencia de la Ley, hecho que desde aquí festejamos. Por el contrario, lo más importante pareció ser que la decisión de los supremos, no se refiere al contenido sino sólo a la falta de validez de la cautelar. Así, Clarín afirmó que “la ley de medios aún está suspendida” y que los planteos acerca de su validez “están lejos de resolverse”.
Si bien es cierto que el fallo aclara explícitamente que no se refiere al contenido, esta insistencia en remarcar la cuestión podría entenderse como un nuevo intento de quitarle legitimidad a la ley aprobada en octubre del año pasado y, sobre todo, al debate sobre la democratización de los medios de comunicación. Perdida la batalla en el Congreso, lo que pretenden ahora los medios es instalar el fantasma de la inconstitucionalidad de la ley. Y entonces comenzarán a desfilar los abogados constitucionalistas por TN y otros canales, repitiendo lo que los grupos mediáticos quieren que digan. Hablar de inconstitucionalidad requiere de mucha responsabilidad, pero ésta muchas veces brilla por su ausencia. Es como repetir la palabra “bomba” en un avión. Enseguida causa alarma.
Juan Manuel Judez
Suscribirse a:
Entradas (Atom)








